Wednesday, November 29, 2006

 

Moleskine (VI) Dios en una parcela de arroz

Prescindí de la fe religiosa hace casi una década y aunque eso ha significado conflictos e incomprensiones de mi entorno (ser disidente siempre tiene sus inconvenientes) decidí no ocuparme más del asunto. Pero como aspirante a científica social, los ritos y conductas relacionados con la creencia en seres supremos me parece fascinante.

Me encanta observar cómo son “los otros” y las cosas que hacen, porque eso explica cómo somos “nosotros”. Nada como las diferencias para establecer universales culturales.

Al presenciar la ceremonia de agradecimiento por la cosecha del arroz en el santuario sintoísta de Meiji, en el corazón de Tokio, lo reafirmé.

Meiji Shrine es uno de los santuarios más importantes de Japón porque esta dedicado a la divinidad de las almas del 122 emperador, Meiji (Mutshuito, nacido en 1852 y fallecido en 1912) y su consorte, la emperatriz Shoken. Meiji promovió una reforma institucional y social para encaminar al país hacia la modernidad.

Caso excepcional es que un visitante pueda acceder más allá del área permitida al turismo. No obstante, se trata de 700 mil hectáreas de bosque “artificial”, ya que los 120 mil arboles fueron plantados gracias a la donación de los habitantes de distintas partes del país, que tanto amaron y veneraron al abuelo del actual emperador.

Y más excepcional resulta presenciar una ceremonia como la de hoy. El sacerdote principal, Yoshihide Majima, presidió el agradecimiento simbólico de la cosecha de arroz, en una pequeña parcela ubicada en el centro del bosque. Decenas de niños asistieron al acto especial, donde la divinidad es honrada con una ofrenda agrícola: frutas, verduras y granos (productos de la tierra), pescado (regalo del mar), arroz y el fruto de su fermento: el sake.

Un tres de mayo en octubre. El altar, muy sencillo, contiene un espejo adornado a manera de estandarte. Si el espejo está opaco, me explican, es reflejo de la impureza del alma de quien lo ve.

El sintoísmo promueve valores universales como la pureza, la alegría y la justicia. Y como Japón reconoce en sus ancestros a un pueblo agrícola, agradecen a los dioses por medio de una ceremonia, que tiene como especial objetivo enseñar a los niños la importancia de cuidar la naturaleza, quien es la que provee el sustento.

En este santuario vive el dios y resguarda las almas de los emperadores. Por eso nadie, salvo los vigías, puede quedarse durante la noche. Mantener este bosque y los templos (reconstruidos despues de la Segunda Guerra Mundial) cuesta mucho. No recibe subsidios del gobierno pero sí donaciones de personas altruistas. También obtiene buenas cuotas de los visitantes que llegan y escriben sus deseos en pequenas “emas”, cartelitos de madera donde plasman sus intenciones y deseos así como las monedas que lanzan, despiadadamente hacia los pilares que sostienen la nave central. ¡Los surcos que deja la urgencia de buena suerte!

Conversé brevemente con el sacerdote Majima, con una antesala animada por el té verde y dulces de hielo. No estoy acostumbrada a que me hagan preguntas, sino a hacerlas, pero en este caso no tuve reparo en saciar su curiosidad después al mencionar las semejanzas del rito sintoísta con el de nuestro sincrético tres de mayo. No mencioné, obviamente, lo que detesto la iconografía sádica del catolicismo... Él agradeció mi explicación, siguió él con la suya y al final me obsequió un libro que contiene las poesías escritas por los emperadores. Afuera, éstos se compran por una módica cantidad y constituyen un recuerdo sencillo y profundo de la visita a este sitio.

En ese ritual estaba (el de las "emas" y el de las compras") cuando una pareja de recién casados se desplazó por el patio central, cortando la respiracion de todos los extraños. La novia, ataviada con un kimono negro de motivos rojos, repartió tímidas sonrisas a los curiosos que les robaron una instantánea de su felicidad.

Dos abuelas orgullosísimas de sus nietos gemelos –quienes fueron llevados para recibir el augurio de una larga y próspera vida- abandonaban el recinto al mismo tiempo.

Así transcurre la vida en Meiji, tan lejos y tan diferente, pero tan parecido a El Salvador.

 

Moleskine (V) Las tres "r"

Hace algunos meses escribí un artículo acerca del nuevo relleno sanitario que recibe los desechos sólidos de un grupo de municipalidades asociadas del norte del departamento de La Unión. Este fue creado con la cooperacion financiera y técnica de Japón y aplica un método de tratamiento creado en la ciudad de Fukuoka, cuya eficiencia ha sido avalada por la Organizacion de las Naciones Unidas.

Pero, en la base, este proyecto que apenas ha iniciado, tiene un componente fundamental: la cultura del ahorro.

Japón es un país limpio. No hablaré, desde luego, de la contaminacion del aire, porque es evidente que aún faltan medidas para evitar que la densa nube que cubre a Tokio, una de las ciudades más grandes del mundo, se disipe y permita observarla en su esplendor.

Pero aquí, a nadie se le ocurriría salir a lavar las aceras con un chorro de agua y mucho menos tirar basura. Es esporádico encontrar algún desperdicio tirado (mmm... vamos, pero en las zonas de vida noctura sí abundan las colillas y las latas de cerveza...). Una serie de botellas dispersas debajo de un puente acaso podrían tener una razón, explica mi intérprete: seguro se cayeron un camión.

La cultura del ahorro que se quiere implementar en los municipios del norte de La Union se basa en las tres "r" que fomenta la educación japonesa: la reducción, el reciclaje y la reutilización.

Aquí siempre hay tres basureros, uno para el plástico, otro para el papel y otro para "otros".
¿Qué haría usted con el hardware de su computadora, que pese a que no sirve, no ha desechado? Seguro que guardarlo, porque piensa que algún día servira para algo. Aquí, en la planta de reciclaje de la Panasonic, estos componentes son triturados para ser reutilizados. El oscuro vidrio de los monitores se convierte en materia prima para lindos mosaicos de adorno.

El colmo de la conciencia contra el desperdicio me llevó un par de días entenderlo. Los inodoros, aparte de calefacción y mecanismos para la higiene personal, tienen un dispositivo especial: para evitar un sonoro bochorno, usted puede activar una bocina que simula el sonido del agua corriendo. Así podra hacer lo que nadie más por usted… contribuyendo al futuro de esta nación.

Nina Hasegawa es mexicana y enseña cultura comparada en la Universidad Sofia de Tokio. Ella asegura con tristeza que este régimen de rectitud cívica está tan establecido, que una forma que los jóvenes han encontrado para rebelarse contra él es, precisamente, tirando basura.

“Ahora eso se ve más… para el resto de la gente significa el acabose del mundo”, exclamó.

 

Amanecer nuclear

Tokio. Extrañamente, el martes no encontré el periódico bajo la puerta de mi habitación, como todos los días. Creí que habia sido un error, pero resulta que un día antes se había realizado una fiesta nacional relacionada con el deporte y por ello no circularon los periódicos (!).

Estaba en la ciudad de Kobe y Japón, así como Asia entera, habían amanecido en una crisis diplomática y política por el anuncio de una prueba nuclear realizada por Corea del Norte.

Este es uno de tantos mundos paralelos que permite un país como este: mientras Corea del Norte ha movido un agresivo alfil en el tablero mundial, un paso más para hacer realidad su capricho nuclear, allá afuera las calles siguen tan transitadas como siempre, las autopistas colapsan a las horas de mayor desplazamiento y de los centros comerciales salen y entran chicas cargadas con bolsas y más bolsas.

Al regresar a Tokio, la estación central del tren parecía tener ríos de ejecutivos vestidos de negro impecable, todos buscando la salida para llegar a casa, como todos los días.

Da la impresión que para muchos, la sombra amenazante de una guerra nuclear es problema del gobierno. No de ellos.

Con todo, la crisis diplomática es el tema más destacado en las noticias que proveen las cadenas internacionales y ocupa los titulares de la mayoría de periódicos. Japón se ha exasperado por el experimento de Corea del Norte. El primer ministro Shinzo Abe, en plena luna de miel política y a pocas horas de haber formalizado un acercamiento con China, ha dicho que si la prueba se realizó, Norcorea deberá enfrentar las consecuencias. Estas, dependiendo de lo que determine el Consejo de Seguridad de la ONU, puede incluir desde permitir obligadamente la inspeccion de expertos como embargos comerciales.

Si bien la secretaria de Estado de los EE.UU. Condolezza Rice ha descartado la intervención militar y directa de su país, la tensión va en aumento.

Un análisis publicado hoy jueves en el Herald Tribune, da cuenta cómo Abe, con apenas tres semanas en el poder –para lo cual le valio una postura dura contra Corea del Norte- ha usado la crisis con Norcorea para mostrar qué tan asertiva y efectiva puede ser su política internacional.

Él y otros conservadores han usado la estrategia de Corea del Norte para conseguir la aceptacion del rearme y darle a Japón una voz cantante en los asuntos políticos y económicos de relevancia internacional, dice el analista Martin Fackler.

El “Breaking news” de hoy anuncia que la ONU ha solicitado un diálogo directo entre el gobierno de EE.UU. y Norcorea.

No obstante, si vienen las sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU, Corea del Norte no resentirá la caída del comercio con Japon, porque esta viene en declive desde hace años.

“La mejor diplomacia son los negocios”, me dijo Donar Tejada, un salvadoreño que tiene un año y medio de estudiar en la Universidad de Kobe. Por esa razón, explica, es poco probable que aquí y ahora, la cuna de los "tigres asiáticos", los países que dan cuenta de que los "milagros económicos" existen, se desencadene lo que nadie quiere: intercambio de misiles, activación de armas de destrucción masiva. El caos asiático pondría de cabeza al planeta entero.

 

Moleskine (IV) Terremoto

El recuerdo más claro que tengo de este día hace 20 años (¡20 años!) es que una lluvia de piedras se precipitó desde el techo de la capilla de la escuela. Debieron pasar algunos minutos en los que perdí la conciencia víctima del susto, de manera que la siguiente imagen que tengo es que trataba de agarrar mi termo que salió volando hacia el centro del patio.

Era mi primer terremoto y no sabía qué estaba pasando. Tuve que esperar a que mi papá hallara cómo salir del centro de San Salvador (tenía su taller de electrónica en el hasta hoy abandonado Edificio Central), para luego ir a buscar a mi hermano, que en ese entonces tenía seis años, a la escuela salesiana. Las monjas, con el pánico de una madre de verdad, cerraron la puerta y no dejaron que ningún niño saliera. Cuando por fin llegamos a la casa –esa casa que perdimos-, mi mamá aún estaba sentada debajo del marco de la puerta de la sala, apretando con fuerza a mi hermana menor, que no había cumplido dos años.

Este 10 de octubre amanezco en una ciudad que también fue destruida por un terremoto. El próximo año será el 12º aniversario de la fatídica mañana en que más de seis mil residentes de Kobe perdieron la vida antes que llegara el alba. El sismo fue menos potente que nuestro memorable 13 de enero de 2001, pero ha calado profundamente en la memoria individual y colectiva. Muchos aún derraman lágrimas de dolor e impotencia.

Un interesante edificio de cristal alberga al Centro para la Reducción de Desastres. Más bien, son dos edificios en uno: en el primero se encuentra un centro interpretativo donde miles de estudiantes japoneses desfilan cada mes para aprender acerca de la importancia de cuidar el ambiente. Los visitantes tienen acceso a hacer experimentos sobre la licuificación de la tierra en asentamientos mal construidos y conocen las nuevas técnicas de construcción antisísmica.

En la otra ala, una museografía de alta tecnología permite un escalofriante recorrido por una extensa colección de imagines, objetos y testimonios sobre esta tragedia.

Primero, una serie de vídeos recrea el estallido de la tierra y uno oye la destrucción de las casas, por dentro y por fuera, y con la vibración producto del volumen, se percibe con dolor el colapso del corazón de la ciudad.

La memoria me bombardeó con las pocas imágenes que conservo de 1986 y con la intensa vivencia de 2001… pero las escenas de muerte y destrucción me remontaron a tantas inundaciones provocadas por huracanes y tormentas tropicales que he vivido con libreta y bolígrafo en mano, así como la erupción del Volcán de Santa Ana.

No, no estuve en Las Colinas. Pero esperando el rescate de un grupo de jóvenes que quedaron atrapados dentro de El Boquerón, pregunté qué hora era… una réplica muy fuerte nos empujó tan fuerte que pensé que íbamos a morir.

Buceando en mis recuerdos personales y periodísticos estaba cuando salieron a mi encuentro varios voluntarios del museo. No se trata de personas comunes y corrientes, sino de sobrevivientes de la catástrofe. Muchos requirieron años de terapia y ayuda para superar el trauma que les causó la perdida de sus hogares, familiares y tranquilidad.

Noriko, quien además de ser mi intérprete me cuida como una madre, también estaba muy conmovida por los relatos.

Yashuhiro Onishi trabajaba como bombero y ahora brinda sus horas libres de jubilado enseñando a las nuevas generaciones la importancia de aprender las lecciones de la historia, de la tragedia.

Para él, sobrevivir depende de qué tanto nos ayudemos a nosotros mismos en un momento de calamidad, para tener la fortaleza de ayudar a nuestra familia y luego a nuestro vecindario. Las estadísticas lo dicen, me explicó. Después del terremoto de Kobe, un estudio indicó que el 70 por ciento de las víctimas recibieron ayuda, en primera instancia, de sus vecinos y parientes. Sólo uno de cada 10 fue atendido en el momento de crisis por las autoridades.

Agradecida por el tiempo que se tomaron para atenderme, les conté que mi país también es sobreviviente. Que también estamos ubicados en el cinturón de fuego del planeta, y que la gente sufre porque con frecuencia hay fenómenos naturales y porque los gobiernos no han sido capaces todavía de enseñarnos a ser menos vulnerables.

Utako Hata se secó las lágrimas. Quién sabe qué recuerdos le atormentan que le cuesta un poco expresar sus sentimientos. Al escuchar mi breve relato de dónde soy y de lo que he visto sufrir a la gente de mi país, me dio las gracias por estar allí. Porque saber que su experiencia puede servir a otros para estar prevenidos le hace seguir adelante.

Al salir del museo, yo también tuve que enjugar mis lágrimas.

Thursday, November 09, 2006

 

Moleskine (III) Con la protección de las montañas

La pasarela subterránea (la cual tardé un rato en descubrir) me lleva directamente a un enorme parque cuya muralla resguarda la réplica de un castillo feudal erigido hacia el año 1500. Este patrimonio histórico de Hiroshima es tan importante que fue reconstruido pieza por pieza, los árboles replantados uno a uno, las carpas depositadas de nuevo en los estanques después de haber sido borrados por la bomba atómica.

Dejo esta ciudad con la sensacion de haber estado arrodillada junto al regazo de una abuela centenaria que, complacida, cuenta la historia de su vida, sus dolores de parto y su viudez inesperada en plena juventud. Aun asi, con todo ese sufrimiento a cuestas, supo salir adelante con sus hijos con una sola conviccion: hacerlo.

Nozomi, el tren bala, me trae puctual hacia Kyoto, una ciudad que tiene menos amplitud, pero donde las calles reúnen a miles de personas y automóviles que se mueven al compás de un panal adormecido por la brisa del otoño.

Mi anfitrión no sabe que lo es. El señor Matsubara habla fuerte y se emociona al extender la explicación de cada detalle, al informar sobre el significado de cada templo, sobre cada lugar histórico de los que aquí se cuentan por decenas.

Aunque el mismo no conoce, no duda un segundo para llevarme al Museo Nacional. Aquí, un Pensador de Rodin me recibe a las puertas de un edificio que mezcla estilos franceses del siglo XIX con arte propio de Japón. Se trata un tesoro que resguarda una exquisita colección de arte religioso, escultórico, cerámico, pictórico, caligráfico y textil.

Algunas piezas, únicas y eternas, tienen el rango de "bien cultural importante" y explican el intercambio como la razón de ser de la permanencia de esta cultura, abierta a todas las posibilidades pero cerrada cuando debe conservar lo que le pertenece.

En Kyoto, la primera turbina que generó energía hidroeléctrica tiene un memorial en honor al lugar que ocupa en la historia.

Matsubara san tampoco conoce, pero luego me conduce a un céntrico lugar que mezcla abrigos, accesorios de belleza y masajes de reflexología con la más variada comida japonesa.

Sin traduccion y sin asistencia, resulta la más extraordinaria experienia utilizar el paladar para conocer esta ciudad. En un plato de madera se conjugan a la vez los sabores de la raíz de la flor de loto con la gelatina de té verde y los dulces espolvoreados de arrurruz. ¿Se imagina el sabor de una pequeña pupusa de arroz, cruda, rellena de frijoles rojos? Ese es el inconfundible sabor de Kyoto.

* * *
En estas latitudes, las montañas son lugares sagrados porque representan la voluntad de los dioses. En la cumbre de una de ellas, desde un mirador por donde se cuela un viento frío y los reflejos de la ciudad, tengo a la vista lo que alguna vez fuera el dominio del emperador Kanmu.

En este mismo lugar, en el año 794, el súbdito Wakeno Kiyomaro recomendó la construcción de la ciudad, protegida por los cuatro puntos cardinales. El emperador vio que era bueno… y así lo hizo.

 

Moleskine (II) Hiroshima

A más de mil kilómetros de Tokio, tras una gruesa capa de nubes, surge una urbe magnífica, de alamedas amplias, comercios activísimos, jóvenes inquietos y santuarios resplandecientes cuyo ciclo vital depende de la marea.

Nadie imaginaría que hace 51 años, este edificio que observo desde el andén contiguo fue el primer receptáculo de una bola de fuego que cayó del cielo.

Se suponía que nada crecería en Hiroshima en los 75 años siguientes a la destrucción causada por la bomba atómica. Pero el Ave Fenix tiene formas prosaicas de renacer. Aquí lo hizo en forma de elegantes edificios, pujantes industrias, históricos castillos y jardines verdes, extensos y otoños multicolores.

La madrugada no me dejará mentir. En mis andanzas por Asia, he conocido otras perspectivas de la muerte. Este es un continente donde el cuerpo, la materia, es sólo un momento, muy breve por cierto, de la existencia humana. En Pashupati Nath, el santuario sagrado de Katmandú, la ceniza humana se barre hacia el río. Esa persona ya dejó de serlo... y trascendió.

Pero en Hiroshima, la transformación de esa materia funda un entramado histórico que del dolor conduce a la fascinación.

Agua. ¿Acaso el agua que clamaron las miles de víctimas de la locura de occidente les hubiera aplacado la sed de misericordia?

El diorama de un grupo de niños con la piel hecha girones anuncia una de las secciones más crudas del museo dedicado a la memoria de las miles de víctimas de las bombas atómicas, que ahora se levanta como un clamor por la paz en el mundo.

Un pie desecho por la radiación es el vestigio de un niño. La sombra contra la pared de un banco, el único recuerdo de alguien que se evaporó segundos después de que los relojes se detuvieran a las 8:15 de la mañana.

El parque memorial es el corazón de un delta circundado por ríos templados y puentes de concreto y recibe miles de visitas cada año. En este momento, cuando los turistas recorren conmovidos las vitrinas del museo -y luego compran souvenires y recuerdos para llevar a casa- tiene lugar en Beijing una cumpre entre Japón, China y Corea del Sur. Los tensos vecinos finalmente se sentarán a charlar.

Un funcionario cercano al Primer Ministro japonés Shinzo Abe, me lo dijo en broma y en serio: pareciera que en Asia no terminó la guerra fría.

¿Cuánto durarán las ganas de la reconciliación? Si dura o no, lo cierto es es inconcebible cómo gentes y países no han aprendido que la escencia de la vida no es dolor.

Ni siquiera el arrepentiemiento constituye bálsamo para las heridas de la Historia.

 

Moleskine (I) Tokio tras los cristales

Durante varios días, la pertinaz lluvia acompañada de vientos capaces de derribar imprudentes peatones, cercó mis posibilidades de adentrarme en las venas de Tokio, así que tuve que conformarme con la obligación de la paciencia y observarlo protegida por el grueso cristal de las ventanas.

Quizás esa sea una metáfora de cómo esta ciudad permite y no permite a a la vez mostrar sus luces y oscuridades cuando la nariz de un impertinente extranjero se asoma a lo más íntimo, a lo más propio.

Un viaje de esta naturaleza, como parte de un programa de visitantes internacionales, da la posibilidad de experimentar lo que ocurre en decenas de mundos paralelos. Noriko, la devotísima intérprete que me acompaña, con frecuencia me toma de la mano para que no me golpee con la dura esquina del idioma: Japón es casi impenetrable por esa vía, pero por fortuna hay quienes disfrutamos del lenguaje universal de las señas.

Al recorrer calles mojadas y pasillos gubernamentales, Norkio desliza hacia mis oídos la clave para sobrevivir, es decir, información. Pero no sólo con palabras, sino con la explicación del orden estricto que siguió el artista del Ikebana o el actor del Kabuki me ayuda a descifrar los símbolos que la definen a ella como japonesa, y, por medio de ella, a su nación.

Con poco basta para comprender que este pueblo se ha construido a él mismo sobre la compleja estructura simbólica que refleja su creencia sobre el cosmos. Para los japoneses, el destino se conjuga con dos verbos: pasado y futuro.

¿Qué define la esencia de los japoneses? ¿Qué me hace ser diferente? ¿Qué nos acerca de manera irremediable?

Con orden, pulcritud y la conciencia de ser el producto del paso del tiempo, los individuos se recrean constanemente en la dimensión de la colectividad. Y viceversa.

Apenas me asomo. Las respuestas a mis preguntas llegarán en alguna de estas madrugadas insomnes suavizadas por el té.

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